Un refugio del presente. La práctica actoral frente a un tiempo de inmediatez y virtualidad.
Guillermo Amador Herrera.
Ponencia presentada en el Coloquio “Procesos Escénicos en Nuestro Presente” (Teatro UNAM, FFyL y Cátedra Bergman, 2026).
CONTEXTO:
Nos encontramos en un momento histórico marcado por la revolución continua de la interacción y la recepción. Subrayo algunos factores que la constituyen:
A la ya conocida revolución comunicativa que trajeron consigo las redes sociales, la mensajería instantánea, las videollamadas y las videoconferencias, se suma la interacción inteligencias artificiales conversacionales y modelos generativos de imagen y video, algo a lo cual nos estamos adaptando de forma muy rápida y cuyo desarrollo sigue sorprendiéndonos día con día. La inteligencia artificial se introduce rápidamente en diversos ámbitos de nuestra cotidianidad, pasando por el entretenimiento, la información, la educación, las ciencias y el arte.
Si bien para la educación y la investigación es una herramienta poderosísima, en el ámbito de la creación conlleva algunos riesgos reales para los artistas. En 2018 Yuval Noah Harari auguraba en su libro “21 lecciones para el siglo XXI”, que en un futuro próximo la IA podría generar contenido cultural personalizado, como música realizada a partir del gusto específico de un individuo. Hoy, unos años después, ya podemos crear música y videos “originales” a partir de indicaciones simples.
Al hablar sobre la mímesis, Aristóteles refería en su poética, “los medios con que se imita”, hoy en día ya podríamos sumar la IA como uno más de esos medios, pues estas herramientas pasan rápidamente de ser una mera curiosidad a una herramienta de creación. El cine realizado con IA, por ejemplo, es tan inminente, que el cineasta Darren Aronofsky ha fundado un estudio de cine enfocado en ello y este año estrena su primera serie. Así como con la música, es muy probable que los espectadores de un futuro cercano puedan mirar películas personalizadas, imaginemos a una persona indicando a su suscripción de películas IA: “Quiero una película de terror que trate sobre un misterio ancestral, ambientada en Coyoacán, que tenga momentos cómicos y una subtrama de amor”. Los algortimos de predicción y síntesis habrán evolcionado tanto, que crearán no un esperpento, sino de hecho una película entretenida, y que responderá justamente a la expectativa del usuario espectador. En un escenario extremo y puntual como ese, el trabajo del actor sería de plano anulado.
Por otro lado, a la par del éxito masivo de TikTok, el resto de redes sociales optaron no por diferenciarse, sino por incluir su propia versión de videos cortos, todas las redes sociales se tiktokificaron y dieron como resultado una homogeneización de la forma en que consumimos entretenimiento e información; una forma breve, sobresaturada y efímera.
Todo es no sólo inmediato sino rápido, y esto aumenta la polarización ya existente en el mundo, al propiciar las lecturas de la realidad en una versión maniquea del juicio; a favor o en contra, blanco o negro, like o dislike.
Finalmente, la sobresaturación de estímulos nos ha conducido a una suerte de adicción a esa computadora de bolsillo que llamados teléfono. Nuestra atención se esclaviza a un estado de alerta permanente dirigido hacia él, afectando la capacidad de atención sostenida que requerimos para apreciar una obra artística completa.
Ante este panorama, donde tenemos la posibilidad de tener todo “aquí y ahora” sin que estemos “aquí y ahora”, y donde el entendimiento del mundo se nos quiere presentar como blanco o negro, el actor en formación o en práctica, cuenta no sólo con el privilegio, sino con la obligación de cultivar la atención y la presencia, y de realizar un análisis profundo y calmo del comportamiento humano y sus conflictos. Creo que en este escenario, la creación actoral fortalece su valor, y menciono a continuación algunas razones.
LA ESCALA DE GRISES CONTRA EL MANIQUEÍSMO.
El actor no es un mero ejecutante de acciones, sino un artista con discurso. Esto le lleva a ser entre otras cosas, un investigador del comportamiento humano. Por eso creo que independientemente de la técnica usada, la práctica actoral exige un entendimiento profundo de la complejidad humana y de los resortes que mueven nuestro comportamiento, una comprensión de las aspiraciones, necesidades miedos y sueños que compartimos independientemente de la época. Para ello el actor realiza, como parte imprescindible de su trabajo, un análisis pormenorizado del personaje y sus conflictos (incluso en las expresiones escénicas donde el personaje se diluye, se exige una entendimiento del discurso que construyen su presencia y acciones). Esta análisis transita siempre por una escala de grises, lejos del blanco y negro imperantes en y conduce al actor primero y al público después, a confrontar la complejidad humana en una suspensión del juicio inmediato. El teatro es un juego de máscaras donde estas se fracturan y alcanzan a mostrar lo que hay debajo, invitando al espectador a que mire debajo de la propia. Esta es una experiencia potente en un mundo donde interactuamos con nuestras múltiples y superficiales máscaras virtuales.
La práctica actoral representa una confrontación de las lecturas cómodas de la realidad, el actor toma valor como individuo avocado a la práctica activa y constante de la comprensión compleja del ser humano y sus relaciones.
LLEVAR LA MIRADA AL OTRO.
No se actúa solo. Ni siquiera en un monólogo o espectáculo unipersonal. El actor requiere de una detención de su mirada para llevarla al otro. En el teatro narrativo habitual, un personaje siempre quiere o necesita algo del otro, esa es la base del conflicto que mueve la acción. Por ello es imprescindible que desarrolle la capacidad de mirar, no simplemente pasar la vista sobre el otro, sino hacerlo con un detenimiento y apertura, que permitan que la presencia del otro, con todo lo que expresa su cuerpo, su mirada, su respiración, su voz, su estar, modifique mi propio estar. Los buenos actores no están pendientes sólo de sí mismos (es una experiencia poco potente cuando los actores actúan cada quien por su lado), sino que de hecho, mantienen una atención activa en el otro como resorte de sus propias acciones.
Esta capacidad del actor para modificarse por el otro, representa una muestra de fuerte intersubjetividad, esa experiencia de sentido colectivo que construimos al compartir y permear nuestras subjetividades. Esto es poca cosa, cuando la ya mencionada adicción al celular degrada constantemente nuestra presencia y debilita nuestra capacidad para mirar al otro. Es ya un lugar común la imagen de personas interactuando frente a frente pero cuya mirada escapa de forma constante a su pantalla.
El actor puede -decíamos- mirar al otro sin un objetivo adicional más que el de percibirlo, y no en la imagen fija que de él tiene, sino en el presente, porque no somos, estamos siendo. El otro se nos presenta en ese momento, como una experiencia, algo que va mucho más allá de su imagen virtual.
En un entorno de interacciones distraídas, espectar a dos personas mirarse a los ojos en silencio, resulta fascinante. Por eso, ese simple ejercicio es uno de los favoritos en nuestro taller de actuación, pues se convierte en un momento extra-ordinario que nos da calma y prepara la comunicación para habitar la actuación.
LA IMAGINACIÓN COMO SINÉCDOQUE.
El teatro siempre ha sido un arte que juega con la sinécdoque esa figura retórica donde comprendemos el todo por la parte, desde el relato mismo (como en Macbeth, donde los soldados llevando ramas de árboles constituyen la temida profecía de “el bosque de Binrnam marchando contra él), pero sobre todo en la puesta en escena. Por ejemplo, en el montaje del ciclo de lieder Winterreise dirigido por Yoshi Oida, dos actores avanzaban moviendo una rama que llevaban en las manos, mientras que el cantante principal avanzaba a la par, resolviendo así el paseo del personaje por el bosque.
Esta ausencia de elementos reales o completos que imiten la realidad, siguen invitando a el espectador, como desde hace siglos, a espectar activamente, completando con su propio imaginario el sentido de esas sinécdoques.
Hoy en día es cada vez más frecuente preguntarnos si un video mostrado en redes sociales es real o creado con IA. El realismo de los videos generados es cada vez mayor, y seguirá avanzando hasta lograr un hiperrealismo indistinguible al ojo humano. Es probable que esta saturación de videos y de dudas sobre su veracidad terminen por degradar su relevancia y su capacidad para emocionar.
En ese escenario, el teatro adquiere fortaleza, porque no necesita de representaciones literales y mucho menos hiperrealistas de espacios y situaciones. La mera reacción de un actor es ya una sinécdoque suficiente para recrear en el imaginario del espectador cualquier escenario y situación. El actor mira un desastre natural, y reacciona ante él. Con eso basta.
La imaginación siempre ha sido uno de los pilares del trabajo actoral, pero estoy convencido de que hoy, esa capacidad extraordinaria para imaginar, y transmitir su imaginación toman una grandísima relevancia, porque lo que crea en la escena interna del espectador, le diferencia de ese hiperrealismo virtual que irá perdiendo valor.
PRESENCIA.
El actor requiere un cuerpo y voz entrenados, una fuerte imaginación y disposición para investigar y analizar el comportamiento humano.
Pero todo ello lo ha de poner en juego no en su cabeza ni en su mundo interno, sino en un tiempo y momento específicos y predeterminados, donde realiza tareas momento a momento, en términos de movimiento, memoria, intensidad, ritmo, escucha y reacción.
Por ello, una de las capacidades que debe desarrollar con más fuerza y contundencia, es su capacidad para estar presente. Sin presencia, no podría atender a todas estas tareas en escena de manera efectiva y estética.
La presencia se construye focalizando la atención en los elementos y estímulos presentes en cada uno de los momentos en que se actúa. No antes ni después, sino siempre en ese contante devenir de presente.
Por ello, cuando termina su trabajo, si lo ha realizado bien (con presencia), se siente como regresando de un viaje. Porque ha mantenido una atención extracotidiana en elementos extracotidianos.
Es por esta práctica de la presencia continua y atenta, que la actuación es prácticamente, una forma de meditación activa. En esta entrega de su trabajo, de su arte, deja la reverberación de un tiempo distinto al que nos acostumbran los contenidos inmediatos y breves.
UN REFUGIO DEL PRESENTE:
Por todo lo dicho, creemos, que en tiempos de inmediatez y virtualidad, el trabajo del actor, y en particular del actor teatral, está constituído por habilidades que ganan valor gradualmente. Y que por la necesidad del actor en formación de desarrollar su capacidad para mirar al otro detenidamente, analizar de forma lenta el comportamiento humano, crear espacios con su sola imaginación y atender con su atención el momento a momento, la práctica actoral representa un refugio del presente y la presencia.